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Casonas de indianos

Por Patricia Campuzano

Lujosas, refinadas y altaneras, hoy muchas acondicionadas para el turismo, forman parte de la herencia de algunos de los emigrantes que a partir de 1830 y durante las primeras décadas de este siglo marcharon a América huyendo de las precariedades y el largo servicio militar.

Asturias es un lugar entrañable. Cuanto más lo conoces, más te cautiva. Entre los muchos legados culturales que alberga tanto en el interior como en la costa, están las llamadas casonas de indianos. Invitan a soñar despierto e imaginarlas llenas de vida en 1.885, ocupadas por emigrantes asturianos que regresaban de las américas cargados de oro. Y qué mejor manera para exhibir esa riqueza que levantando auténticas obras arquitectónicas, convertidas hoy en hoteles y restaurantes o resistiendo inhabitadas en el tiempo formando parte indispensable del paisaje asturiano. Entre 1835 y 1930 emigraron más de 300.000 asturianos, desconociéndose el número de las partidas clandestinas. La mayoría puso rumbo a Cuba y a México, aunque otros eligieron Puerto Rico, Uruguay, Argentina o Estados Unidos para comenzar una nueva vida. Fue muy dura aquella decisión que obligaba a las familias a hipotecar la diminuta hacienda para pagar el pasaje de sus hijos analfabetos, que con doce, trece y catorce años, se aventuraban, cargados de esperanzas, a cruzar el océano en condiciones infrahumanas. Llanes, en el oriente asturiano, y Somao en el occidente, son los núcleos más completos de arquitectura indiana de Asturias. La avenida de La Paz, en Llanes, está repleta de nuestras, algunas desgraciadamente en pésimo estado como la casa de la familia García Herrera, de estilo Historicista, con magnífica torre y garitones que evocan las construcciones medievales. La misma suerte persigue al chalet de los Leones custodiado por dos soberbios felinos ajenos al deterioro continuo de la finca. Después de visitar las playas de El Sablón y Toro conviene tomar, desde ésta última, la carretera que conduce al pueblecito de Cué para ver la fuente, sobre la que alguna mano agradecida suele dejar flores y el lavadero, y el lavadero de San Fernando, que desde 1888 utilizan los paisanos del americano Alonso Noriega. Antes de abandonar Cué merece la pena dirigirse hacia su diminuta playa para ver desde lo alto el imponente islote que por capricho de la naturaleza un día se despegó de la tierra y parece encajar perfectamente en la oquedad de la cala.
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